BOOKER PRIZE SHORTLIST

Anaïs Vera

En fecha reciente se ha publicado la lista de los finalistas seleccionados para el Man Booker Prize de este año, el premio más prestigioso en el Reino Unido. Este año la convocatoria incluía la novedad de que podían participar autores de otras nacionalidades, siempre y cuando escriban originalmente en inglés. Dos norteamericanos (Joshua Ferris y Karen Joy Fowler) inauguran la posibilidad de ser elegidos.

El proceso de selección se inició con 154 novelas que pujaban por hacerse con el premio. Centenar y medio de títulos que abarcan un amplio espectro de temas, incluidos los científicos, situados en el presente y futuro de nuestra civilización. Una primera selección redujo los competidores a trece y tras la penúltima fase, de la que damos cuenta, los jueces pasaron exactamente tres horas y 40 minutos (utilizaron el cronómetro de Ion Trewin) para recortar la lista de 13 títulos hasta los seis finalistas, con pesar y tristeza por tener que dejar fuera siete meritorios títulos.

En la conferencia de prensa para anunciar la "shortlist", los jueces dieron su versión sobre cómo llegaron a esa decisión y sobre cómo perciben el estado actual de la narrativa contemporánea en lengua inglesa. En primer lugar, tanto Ion Trewin, director literario de la Fundación Booker Prize, como el filósofo inglés y profesor de la Universidad de Londres, A. C. Grayling, presidente del jurado, manifestaron que la elección de los novelistas estadounidenses no ha sido premeditada ni forzada de ninguna de las maneras. “La nacionalidad de los autores fue irrelevante durante la discusión del jurado” -dijo Trewin.

Las obras seleccionadas son las siguientes:

To Rise Again At a Decent Hour de Joshua Ferris

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El escritor británico Jonathan Bate, especialista en la obra de Shakespeare, argumenta que la novela de Ferris es una obra mordaz que nos hace reir y pensar a la vez.
Joshua Ferris es un escritor maduro, no sólo porque haya superado los cuarenta años de edad, sino porque se ha consolidado como uno de los mejores escritores americanos de la renovación generacional. No se preocupa especialmente ni de la trama ni del contexto en que se desarrolla, sino de cómo los personajes reaccionan ante la oscuridad de la existencia. La novela se centra en un eficiente y exitoso dentista que ve en los dientes un espejo de la fugacidad de la vida y la muerte como final seguro. Ferris supera con éxito el gran reto de transmitir la intensidad de las manias de un narrador maníaco-depresivo evitando el tedio en el lector.  

The Narrow Road to the Deep North de Richard Flanagan

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Richard Miller Flanagan, nacido en Tasmania en 1961, es uno de los más reputados escritores de Australia en la actualidad.
Su novela se centra en la crueldad humana que se aplica en nombre de una causa. Describe un episodio singular de brutalidad humana: la construcción en los años 40 del Ferrocarril de la Muerte en Tailandia sometida al Imperio Japonés. Los británicos habían intentado conseguir esa ruta, pero sucumbieron ante la jungla impenetrable, pero cuando invadieron el país los japoneses utilizaron 300.000 prisioneros, en condiciones penosas, para hacer posible lo imposible. El padre de Flanagan fue uno de los supervivientes de esa atrocidad, que se llevó la vida de más de 12.000 prisioneros aliados.  

The lives of others de Neel Mukherjee

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Neel Mukherjee es un escritor indio, aunque su formación literaria se consolidó en las universidades inglesas de Cambridge e East Anglia.
Grayling describe esta novela como un informe épico de los acontecimientos familiares. Mukherjee sitúa la acción de la novela en la familia Ghost, en la Calcuta de los años sesenta. El nieto mayor, Supratik, trabaja secretamente como afiliado al partido comunista para levantar a los campesinos contra los propietarios. Las cartas de Supratik a un receptor anónimo forman uno de los hilos de la narración. La otra es el intrincado recuento de sucesos y relaciones personales que ocurren entre los moradores de los pisos que forman la casa de la familia Ghost. Uno de los grandes talentos de Mukherjee es precisamente para imaginar la vida de los otros y transporter al lector con él.  

How to be both de Ali Smith

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Sarah Churchwell, profesora de Literatura Americana en la Universidad de East Anglia, resalta la resistencia de esta obra para su categorización, aunque se caracteriza por la imaginación desbordante y la consolidación del arte.
Ali Smith enfrenta al lector con la ambigüedad, la ambivalencia, y la doble esencia, superficial y oculta, que puede cruzarse en nuestras vidas. Androginia, ocurrencias, humor, historia, arte y sarcasmo se mezclan en una historia originalmente trazada. Para ello se imprimen dos partes, en tomos diferentes, idénticamente numeradas. Dependiendo de la versión que elijas, se leerá la historia de George (equivale a Georgia, pero el lector no se da cuenta hasta muy avanzado el libro) o del Cossa, mujer que oculta su sexo bajo el disfraz masculino por decisión de su padre  

We Are All Completely Beside Ourselves de Karen J. Fowler

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La veterana escritora Karen Joy Fowler, que se ha desenvuelto de forma admirable en géneros diversos, se distingue aquí con una novela inteligente y gustosa. La que fuera editora literaria de The Times, Erica Wagner, miembro del jurado, considera la novela de Karen J. Fowler como un ejemplo de profunda sofisticación en la escritura.
La novela se centra en el auge de la psicología conductista de los años 70 en Estados Unidos, al amparo de la figura del psicólogo Skinner y sus programas de refuerzo conductual en los animales. Fowler expone las contradicciones de ese modelo con la historia de Rosemary que fue criada con un chimpancé como hermano gemelo.

J de Howard Jacobson

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El escritor Howard Jacobson, conocido por la comicidad de sus novelas, presenta en J una obra sin pizca de humor y en clave apocalíptica. Es un narrativo sobre “lo que sucedió, si hubiera ocurrido”, que pone su punto de mira en la distopía ficcional y futura ubicada en las islas británicas, que se recuperan de otro Holocausto.
El neuro-científico Daniel Glaser destaca que el jurado aprecia la singularidad de esta obra, en la que se dicen cosas que se apartan del discurso políticamente correcto.
El próximo 14 de octubre se anunciará el ganador del premio, dotado con 50.000 libras esterlinas.

Cómo hacer llorar al lector

Jesús Varela

El ser humano llora. Incluso los hombres, generalmente menos emocionales. El elemento diferencial entre los humanos y los animales es el llanto „provocado por razones emocionales o como respuesta a una experiencia estética”. ( Michael Trimble en Why Humans like to Cry: The Evolutionary Origins of Tragedy (Oxford Université Press). Desde el punto de vista biológico, el líquido acuoso que forma las lágrimas es necesario para mantener húmedo el glóbulo ocular y protegerlo de infecciones; como en otros animales. Aunque, en el hombre las lágrimas ayudan a eliminar del organismo las sustancias químicas estresantes. Pero llorar es algo más: sirve como estrategia comunicativa para señalar el peligro, el miedo y el sufrimiento.

El neurocientífico británico asocia la evolución en las estructuras cerebrales la capacidad de llorar . „el humano comenzó a tener conciencia de sí mismo y de la muerte mucho antes que desarrollase el lenguaje lógico“ de forma que determinados circuitos cerebrales quedaron implicados en las conductas sociales. Las lágrimas son una respuesta natural no sólo al sufrimiento, sino también como sentimiento de compasión hacia los demás; „nuestra habilidad para sentir empatía y llorar con ella, es el fundamento de la cultura y la moralidad que son propiedades exclusivamente humanas“, afirma M. Trimble.

La empatía y la moral son fruto de esta evolución, pero en su grado más elevado ha favorecido la intervención de otros factores, como los recuerdos y el estado anímico de las personas. En algunas personas, determinadas expresiones artísticas -música, pintura, poesía- provoca el llanto emocional, una reacción minoritaria propia de personas con estructuras límbicas muy desarrolladas.

La música, la literatura y la poesía son,las expresiones artísticas más directamente relacionadas con el llanto emocional, aunque es una reacción minoritaria propia de las personas con estructuras límbicas muy desarrolladas. Todo ello sin menospreciar la intervención de otros factores, como los recuerdos o el estado anímico. “Las formas artísticas con más fuerza emotiva son las que nos promueven el sentimiento de tristeza”.

Hay muchas referencias a lágrimas de hombre en las culturas griega y romana de la Antigüedad. En La Ilíada de Homero, no hay conflicto entre las cualidades heroicas de Ulises y la inclusión de muchos episodios de llanto motivado por el recuerdo del hogar, de los seres queridos y de los compañeros caídos. Hasta la época moderna, era habitual la asociación del llanto en el hombre por temas bélicos y la consecución de los ideales, mientras la asociación con las mujeres era por las relaciones románticas y platónicas o por sentimientos de tristeza, soledad o frustración.

Nadie debería avergonzarse por llorar cuando lee un libro, es sólo una prueba de que la pieza le ha tocado emocionalmente. Pero ¿cómo consiguen los escritores que sus lectores lloren? Es decir, ¿por qué algunos libros no arrancan una lágrima de quien lo lee? Algunos libros parecen configurarse para que el lector tenga una buena sesión de llanto, pero no tienen éxito. Puede haber una variedad de razones para esto, pero la mayoría de las veces el problema radica en los personajes que experimentan el dolor de la situación emocional. Si el autor escribe la emotiva escena desde un punto de vista que sitúa al personaje fuera del dolor, o que se siente desconectado de los acontecimientos, el lector tendrá dificultades para conectar con las emociones de la situación. Otras veces un personaje podría ser emocional, pero el lector no lo siente auténtico y fracasa el propósito del escritor. Es difícil escribir un duelo a menos que se haya experimentado la pérdida por sí mismo y una narración ficticia de las emociones experimentadas por el personaje no puede arrancar lágrimas de un lector.

J. J. Mcconachie propone al potencias escritor tres estrategias para hacer llorar al lector:

Sensación de pérdida o padecimiento. En particular, cuando un personaje principal muere o padece. Si el autor ha logrado crear una fuerte relación entre el lector y el personaje, si los conecta emocionalmente, los padecimientos y pérdidas se sufren como si fueran a uno mismo. Por ejemplo, si un personaje pierde a uno de sus padres, aunque estos no tengan un papel importante en la historia, sentimos las emociones del duelo porque estamos conectados emocionalmente con el personaje principal.

Presagio. Se configura la narración de forma que el lector pasa todo el tiempo preocupándose por el triste suceso que acontecerá con seguridad. Cuando ocurre, el llanto es una liberación catártica, una forma de dejar salir toda la emoción reprimida.

Sucesos inesperados A veces, un evento que normalmente no nos afectaría puede ocurrir en una narración como un suceso inesperado y producir en el lector un choque emocional. La sorpresa puede surgir porque no había presagio alguno del suceso, o el presagio era tan sutil que el lector no se da cuenta de lo que significaba hasta después de ocurrir el evento.

Sucesos tristes de la vida cotidiana. Esta es probablemente la técnica más difícil para un autor, ya que sólo hará que ciertos lectores lloren. Sin embargo, todos hemos sufrido pérdidas y dolor en algún momento, y puede que ciertas situaciones de la narración nos haga revivir las mismas emociones.



In Memoriam: Ana Maria Matute

Jesús Varela

“La literatura ha sido el faro salvador de muchas de mis tormentas” dijo en el discurso de entrega del premio Cervantes, que recibió en 2011. La autora catalana ha muerto el 25 de junio de 2014, a los 88 años de edad, tras muchas tormentas vitales desde la experiencia de la guerra civil española a los once años de edad, hasta la muerte del gran amor de su vida, pasando por una separación matrimonial que le privó de su único hijo, consecuencia de las leyes franquistas que otorgaba la tutela del hijo a su marido.

En 1988 obtuvo el Premio Nacional de Literatura Infantil y Juvenil, en 2007 el Premio Nacional de las Letras Españolas, y en 2011 el Premio Cervantes. En 1984 ingresó en la Real Academia Española y su discurso de ingreso constituye una exposición de su ideario literario. Como homenaje a la gran dama de la literatura española que nos acaba de dejar, a la maga del bosque, como le gustaba llamarse a sí misma, reproducimos el texto de su discurso

"En el bosque"

Defensa de la fantasía por Ana María Matute
Discurso de ingreso en la Real Academia Española de la Lengua



Tengo que pronunciar un discurso y yo no sé pronunciar discursos. Apelo, pues, a vuestra benevolencia y os ruego que aceptéis estas palabras mías como la expresión de lo único que soy capaz de hacer y de la única razón por la que he llegado hasta aquí: yo soy una contadora de historias.Por ello, desearía aprovechar esta ocasión tan extraordinaria para hacer un elogio, y acaso también una defensa, de la fantasía y la imaginación en la literatura, que son para mí algo tan vital como el comer y el dormir, y que opongo a la aridez de la actitud que tan a menudo nos rodea, que se niega a ver la dimensión espiritual de lo material.

Así, es mi intención invitaros, en este discurso mío tan poco erudito y tan poco formal, a ensayar una incursión en el mundo que ha sido mi gran obsesión literaria, el mundo que me ha fascinado desde lo más temprano de la infancia, que desde niña me ha mantenido atrapada en sus redes: el «bosque» que es para mí el mundo de la imaginación, de la fantasía, del ensueño, pero también de la propia literatura y, a fin de cuentas, de la palabra.

Y desearía hacerlo bajo la invocación de «Alicia en el país de las maravillas», con los siguientes versos:

«Recibe, Alicia, el cuento y deposítalo
donde el sueño de la Infancia
abraza a la Memoria en lazo místico,
como ajada guirnalda
que ofrece a su regreso el peregrino
de una tierra lejana».

 

El momento en que Alicia atraviesa la cristalina barrera del espejo, que de pronto se transforma en una clara bruma plateada que se disuelve invitando al contacto con las manitas de la niña, siempre me ha parecido uno de los más mágicos de la historia de la literatura, quizá el que ofrece un mito más maravilloso y espontáneo: el deseo de conocer otro mundo, de ingresar en el reino de la fantasía a través, precisamente, de nosotros mismos.

Porque no debemos olvidar que lo que el espejo nos ofrece no es otra cosa que la imagen más fiel y al mismo tiempo más extraña de nuestra propia realidad. Desearía, pues, exhortaros a participar, durante el breve tiempo de este atípico discurso, de la fascinación que sin duda constituye la cifra de mi obra, y acaso también de mi vida: la posibilidad de cruzar el espejo e internarse en el bosque de lo misterioso y de lo fantástico, pero también del pasado, del deseo y del sueño.No pretendo que abandonemos este mundo, nuestro mundo, sino tan sólo que nos aventuremos por unos instantes en los otros mundos que hay en éste.

Es ésta una fascinación eminentemente literaria, pero no sólo. Porque los bosques siempre han sido importantísimos para mí. Su mera imagen siempre me ha sugerido toda suerte de historias y leyendas, de recuerdos que ignoraba poseer, pero que estaban ahí, confundidos entre los árboles o escondidos en la espesura de los zarzales.

Antes de saber leer, los libros eran para mí como bosques misteriosos. Me acuciaba una pregunta: ¿cómo es posible que de aquellas páginas de papel, de aquellas hormiguitas negras que la surcaban se levantara un mundo ante mis ojos, mis oídos y mi corazón de niña? ¿Qué clase de magia, de sortilegio era aquel que sobrepasaba cuanto yo vivía y cuanto vivía a mi alrededor? Criaturas, deseos, sueños, personas y personajes, y tiempos desconocidos bullían allí. De pronto, la palabra hablada se orientaba entre los árboles y los matorrales, descorría el velo y hacía que apareciesen ante mis ojos cuantas innumerables miradas, memorias y atropellos pueblan el mundo. «Cuando yo sea mayor –pensaba– haré esto». Ni siquiera sabía que «esto» era participar del mundo imaginario de la literatura.

Después, cuando ya había aprendido a descifrar esos signos misteriosos, la primera vez que leí la palabra «bosque» en un libro de cuentos, supe que siempre me movería dentro de ese ámbito. Toda la vida de un bosque –misterioso, atractivo, terrorífico, lejano y próximo, oscuro y transparente– encontraba su lugar sobre el papel, en el arte combinatorio de las palabras. Jamás había experimentado, ni volvería a experimentar en toda mi vida, una realidad más cercana, más viva y que me revelara la existencia de otras realidades tan vivas y tan cercanas como aquella que me reveló el bosque, el real y el credo por las palabras.

Porque el bosque era el lugar al que me gustaba escapar en mi niñez y durante mi adolescencia; aquél era mi lugar. Allí aprendí que la oscuridad brilla, más aún, resplandece; que los vuelos de los pájaros escriben en el aire antiquísimas palabras, de donde han brotado todos los libros del mundo; que existen rumores y sonidos totalmente desconocidos por los humanos, que existe el canto del bosque entero, donde residen infinidad de historias que jamás se han escrito y acaso nunca se escribirán.

Todas esas voces, esas palabras, sin oírse se conocen, en el balanceo de las altas ramas, en la profundidad de las raíces que buscan el corazón del mundo. Allí presentí y descubrí, minuto a minuto, la existencia de innumerables vidas invisibles, el rumor de sus secretos comunicándose de hoja en hoja, de tallo en tallo, de gota en gota de rocío, conducidos a través del bosque por los diminutos habitantes de la hierba.

Percibí claramente el curso de los ríos escondidos y el sueño de las tormentas apagadas, que duermen incrustadas en las cortezas de los viejos troncos, aún fosforescentes. El aire del bosque entero parece sacudido, vibra, se cruza de relámpagos fugaces. Los gritos de todos los pájaros heridos, el último lamento de los ciervos inmolados, la sombra de los niños perdidos en la selva, miles y miles de gritos, todos los gritos vagabundos y los que anidan en los huecos de los árboles, parecen uno solo, terrible y armónico a la vez.

Es la antiquísima voz que se eleva desde lo más profundo de la primera historia contada. Es la historia de todas las historias que siempre quise y quiero contar

Al contrario de los otros niños, empezó a gustarme ser castigada en el cuarto oscuro. Comencé a sentir y saber que el silencio se escucha y se oye, y descubrí el fulgor de la oscuridad, el incomparable y mágico resplandor de la nada aparente.

De la oscuridad surgía, gracias a las fantasías y a las palabras, un mundo idéntico al de los bosques, un mundo irreal pero, al mismo tiempo, más real aún que el cotidiano, un mundo que pronto se convertiría para mí en una auténtica tabla de salvación. Si no hubiese podido participar del mundo de los cuentos y si no hubiese podido inventarme mis propios mundos, me habría muerto.

Así de reales eran aquellos mundos en los que me sumergía, porque los llamados «cuentos de hadas» no son, por supuesto, lo que la mayoría de la gente cree que son. Nada tienen que ver con la imagen que, por lo general, se tiene de ellos:historias para niños, a menudo estupidizadas y trivializadas a través de podas y podas «polìticamente correctas», porque tampoco los niños responden a la estereotipada imagen que se tiene de ellos.

Los cuentos de hadas no son en rigor otra cosa que la expresión del pueblo: de un pueblo que aún no tenía voz, excepto para transmitir de padres a hijos todas las historias que conforman nuestra existencia. De padres a hijos, de boca en boca, llegaron hasta nosotros las viejísimas leyendas.

Pero en esas leyendas, en aquellos «cuentos para niños» –que, por otra parte, fueron recogidos por escritores de la talla de Andersen,Perrault y los hermanos Grimm, por ejemplo– se mostraban sin hipócritas pudores las infinitas gamas de que se compone la naturaleza humana.Y allí están reflejadas, en pequeñas y sencillas historias, toda la grandeza y la miseria del ser humano. (...) No desdeñemos tanto la fantasía, no desdeñemos tanto la imaginación, cuando nos sorprenden brotando de las páginas de un libro trasgos, duendes, criaturas del subsuelo. Tenemos que pensar que de alguna manera aquellos seres fueron una parte muy importante de la vida de hombres y mujeres que pisaron reciamente sobre el suelo y que hicieron frente a la brutalidad y a la maldad del mundo gracias al cultivo de una espiritualidad que les llevó a creer en todo: en el rey, en los fantasmas, en Dios, en el diablo...

El abandono de la barbarie de alguna forma va ligado a esas creencias, a esa fe ingenua e indiscriminada. No seamos tan descreídos, no tanto como para imponer la desmemoria al conocimiento, si no queremos encontrarnos, al final, con las manos vacías. No olvidemos que el diablo entra en todos los conventos, que Dios reside en todas las criaturas vivas del mundo, que la palabra descubre, desentierra del olvido o de la indiferencia futura aquello que nos hace distintos de las bestias.

Siempre he creído, y sigo creyendo, que la imaginación y la fantasía son muy importantes, puesto que forman parte indisoluble de la realidad de nuestra vida. Cuando en literatura se habla de realismo, a veces se olvida que la fantasía forma parte de esa realidad, porque, como ya he dicho, nuestros sueños, nuestros deseos y nuestra memoria son parte de la realidad. Por eso me resulta tan difícil desentrañar, separar imaginación y fantasía de las historias más realistas, porque el realismo no está exento de sueños ni de fabulaciones..., porque los sueños, las fabulaciones e incluso las adivinaciones pertenecen a la propia esencia de la realidad.

Yo escribo también para denunciar una realidad aparentemente invisible, para rescatarla del olvido y de la marginación a la que tan a menudo la sometemos en nuestra vida cotidiana.

Porque escribir, para mí, ha sido una constante voluntad de atravesar el espejo, de entrar en el bosque. Amparándome en el ángulo del cuarto de los castigos, como apoyada en algún silencioso rincón del mundo, me vi por vez primera a mí misma, avanzando fuera de mí, hacia alguna parte a donde deseaba llegar. Hacia una forma de vida diferente, pero certísima, aunque nadie más que yo la viera. En las sombras surgía, de pronto, la luz; recuerdo que ocurrió un día, al partir entre mis dedos un terrón de azúcar y brotar de él, en la oscuridad, una chispita azul. No podría explicar hasta dónde me llevó la chispita azul: sólo sé que todavía puedo entrar en la luz de aquel instante y verla crecer. Es eso lo que me ocurre cuando escribo.(...)

Porque escribir es, qué duda cabe, un modo de la memoria, una forma privilegiada del recuerdo; yo sólo sé escribir historias porque estoy buscando mi propia historia, porque acaso escribir es la búsqueda de una historia remota que yace en lo más profundo de nuestra memoria y a la que pertenecemos inexorablemente.

Escribir es como una memoria anticipada, el fruto de un malestar entreverado de nostalgia, pero no sólo nostalgia de un pasado desconocido, sino también de un futuro, de un mañana que presentimos y en el que querríamos estar, pero que aún no conocemos, una memoria anticipada, más fuerte aún que la nostalgia del ayer, nostalgia de un tiempo deseado donde quisiéramos haber vivido.

La literatura es, en verdad, la manifestación de ese malestar, de esa insatisfacción expresada de tantas maneras como escritores existen; pero también es, sobre todo, la expresión más maravillosa que yo conozco del deseo de una posibilidad mejor.

Para mí, escribir es la búsqueda de esa posibilidad. Una búsqueda, sin duda. Y, a veces, hasta feroz. Algo parecido a una incesante persecución de la presa más huidiza: uno mismo. Esta búsqueda del reducto interior, esta desesperada esperanza de un remoto reencuentro con nuestro «yo» más íntimo, no es sino el intento de ir más allá de la propia vida, de estar en las otras vidas, el patético deseo de llegar a comprender no solamente la palabra «semejante», que ya es una tarea realmente ardua, sino entender la palabra «otro». Es el camino que un escritor recorre, libro tras libro, página tras página, desde lo más íntimo a lo más común y universal. Sólo así lo personal se vuelve lícito.

Escribir es un descubrimiento diario a través de la palabra, y la palabra es lo más bello que se ha creado, es lo más importante de todo lo que tenemos los seres humanos.

La palabra es lo que nos salva. Pero no la poseemos sin más, para utilizarla como un instrumento; si la tenemos es porque la consagramos a la búsqueda sin fin de una palabra distinta, no común, laboriosa y exaltadamente perseguida, pero que tan simple, tan sencilla resulta cuando la hemos hallado. Como la reconstrucción del instante en que alguien lloró por primera vez: un momento doloroso y difícil. Qué extraño e insólito, qué asombroso parece, y también, que sencillo y verdadero. Porque todos y cada uno de nosotros llevamos dentro una palabra, una palabra extraordinaria que todavía no hemos logrado pronunciar. Escribir es para mí la persecución de esa palabra mágica, de la palabra que nos ayude a alcanzar la plenitud; ella es la cifra de mi anhelo: que esa palabra pueda llegar a alguien que la reciba como recibiría el viento un velero en calma sorda y desolada, una palabra que acaso le conduzca hacia la playa, una playa que a veces puede llamarse infancia desaparecida, que puede llamarse vida, o futuro, o recuerdo. Que puede llamarse «tú» o «yo».

La palabra «hermano», la palabra «miedo», la palabra «amor», son palabras muy simples, pero llevan el mundo dentro de sí. No siempre es fácil, ni sencillo, descubrirlo.Hay que intentar alcanzar el oculto resplandor de esas palabras, de todas las palabras, o de una sola que todavía nadie oyó nunca pronunciar.

Toda mi vida ha sido una constante búsqueda de esa palabra capaz de iluminar con su luz el país de las maravillas que tanto nuestro mundo como, sobre todo, nuestro lenguaje albergan, y que no siempre nosotros sabemos indagar.Porque las palabras –lo diré, para terminar, con los versos que cierran el poema de «Alicia»–: «Invaden un País de Maravillas... / Es como ir por un caudal corriendo, / Ligero y tan fugaz como un destello...»

Porque «La vida, dime: ¿es algo más que un sueño?»

LOLITA de V. Nabokov. Autenticidad y falsificación en las ilustraciones

Anaïs Vera

La tendencia actual en la edición de un libro es que éste incluya una portada atrayente. Las empresas editoriales conocen que una buena portada tiene mucha influencia en la decisión de los lectores para elegir, y comprar, un libro. Una buena ilustración siempre es la puerta perfecta para facilitar la entrada en la historia que se cuente en el libro. Sólo los libros de éxito, los bestsellers en la terminología habitual, no precisan de este aditamento para que se vendan como rosquillas, al amparo de la fama del escritor o del éxito de la publicación. Aún en estos casos, la ilustración que se exhibe en la portada suele ser el resultado de una elaboración muy cuidada. La conjunción de una buena novela y una portada original introduce un valor añadido a la edición, convirtiendo el producto en verdaderas joyas en ediciones muy cuidadas.

En relación con la historia relatada en un libro, la portada debe proporcionar algunas claves que sean afines al motivo central del relato, destacando el motivo central. La portada es como una gota de esencia, que trata de seducir al lector. El trabajo del ilustrador tiene el reto de crear una obra artística, sujeto a dos condiciones: atraer al posible comprador de la obra y proporcionar una idea quinta-esencial del contenido del libro. No todos salen victoriosos en esta empresa, ni mucho menos consiguen el premio adecuado al esfuerzo que deben realizar para superar el reto. En ocasiones, porque es muy difícil sintetizar el relato en una idea semilla, o porque los intereses comerciales prevalezcan desvirtuando el objetivo; dicho de forma más clara, la búsqueda de la rentabilidad económica de la edición prevalece sobre el valor literario. En ocasiones, se adultera el enfoque central del libro con el fin de estimular las ventas a través de una portada que no responde fielmente al libro.

El caso de la novela Lolita de Vladimir Nabokov es un ejemplo de la diversidad de puntos de vistas e interpretaciones que pueden conducir a la ilustración con portadas realmente divergentes, no sólo desde el punto de vista artístico sino, fundamentalmente, sobre el grado de importancia que tienen en el relato los personajes protagonistas y sus comportamientos.

La portada de la primera publicación de Lolita sería incomprensible desde la estética y estrategias actuales de ilustradores y editores. Una portada sin imágenes, sólo título, nombre del autor y de la editorial. La portada respondía al estilo imperante en esa época. De facto, las portadas de las publicaciones realizadas en los años inmediatamente posteriores, traducciones del original, están cortadas por el mismo patrón. No obstante, atendiendo a las características de esta novela, décadas después de la primera edición, algunos creativos prefieren repetir esta línea de ilustración porque son incapaces de superar las dificultades que presenta esta novela para acertar con la adecuada ilustración.

Con las ilustraciones de Lolita conocidas hasta ahora, se cuentan con varios centenares, se aprecia la dificultad que plantea el libro para los ilustradores. Pongámonos en la piel del editor de Lolita, con un sustrato escabroso donde los haya: el enamoramiento de un adulto de una púber de doce años, cuyo comportamiento se aleja del habitual sufridor del acoso de un pedófilo. Partamos de la base que el comienzo de la novela dispone de muchos de los elementos técnicos de una novela erótica. Tengamos en cuenta que el propio Nabokov renuncia al poder moralizante de la ficción porque, para el autor de Lolita, una obra de ficción sólo existe en la medida en que me proporciona lo que llamaré lisa y llanamente placer estético, es decir, la sensación de que es algo, en algún lugar, relacionado con otros estados de ser en que el arte (curiosidad, ternura, bondad, éxtasis) es la norma. ¿Cómo proceder? ¿Debemos plasmar sólo el objeto de la pasión, Lolita, la nínfula que vuelve loco a Humbert? ¿Es lícita la falsificación de las intenciones del autor, o su reinterprentación tomando como referencias las nuevas ideas sociales y culturales que han invadido la sociedad desde la publicación de Lolita? ¿Podemos obviar que la atención se fije sobre el argumento de esta novela, que se supone conocida, tras el éxito obtenido desde su aparición y con varias películas en el mercado basadas en la misma?.

Bien es cierto que el título de la obra es ya una declaración de intenciones, que nos conduce a fijarnos sólo en el papel de la chica; pero es preciso recordar que la obra literaria es producto de un hombre, desde la mentalidad del hombre. Realzar el libro sólo con el nombre de Lolita, sin la contraparte del seductor y narrador, tiene un toque heredero de la tradición literaria centrada en los intereses y puntos de vista masculinos. El narrador describe su historia como el proceso de caída inevitable en la tentación, sin remordimientos, y como el subsiguiente proceso del mantenimiento fuera de toda lógica de una relación sin sentido, fruto de una pasión descontrolada. Claro que, en consonancia con las normas sociales del momento, el autor soluciona las aberraciones con un castigo múltiple. Primero ocurre la muerte de Quilty, el auténtico pedófilo, a manos de Humbert. La correspondiente acción penal sobre Humbert, que le conduce a morir en la cárcel, añadido a la muerte diferida de la propia Lolita al dar a luz a su bebé, justo cuando comienza su mayoría de edad, suponen la liberación para el propio lector de sus propios límites morales, que el autor no ha tenido al contar la historia.

El catálogo de ilustraciones del libro muestra el fraude intelectual subyacente en las portadas de algunas ediciones de este libro. La falsificación más recurrente es la idealización de la belleza de Lolita. Sin embargo, Lolita atrae al depravado Humbert no porque sea bella, sino porque es una nínfula, una chica sexualmente precoz y deseable. Aún más, la imagen de Lolita en algunas portadas se erotiza, llegando al extremo de ofrecerla desnuda, comunicando una idea bastante alejada de las intenciones del autor. Nabokov juega con la imaginación del lector para ubicar las escenas más explícitas en relación con su tensión punsional y deseo, pero sólo en una ocasión describe a Lolita desnuda, y como producto de su imaginación. La sensualidad evidente de las escenas que Humbert dibuja con riqueza textual desbordante están tamizadas por el tupido velo de la ambigüedad y la ausencia de morbo. Otras ilustraciones orientan al lector a la visión de una mujer adulta, obviando que la narración se sitúa en el límite de la pedofilia. Si la omisión de la imagen de Lolita pretende evitar la censura, oficial o del propio lector, la transformación en una joven o mujer adulta parece responder al mismo criterio de auto-censura..
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Es evidente que muchas de las ilustraciones plantean la mezcla de perspectivas que Nabokov desarrolla en su libro. Casi siempre mostrando algún signo erótico, símbolo de la relación carnal entre los protagonistas, en conjunción con muestras evidentes de la corta edad de Lolita. El cartel de la película de Stanley Kubrik, mimetizada en muchas portadas que tienen la misma estrategia, es el iniciador de esta línea de ilustración que es menos evidente con el cartel de la película de Adrian Lyne y por tanto menos utilizado en las portadas. En algunos casos se sustituyen los signos eróticos por símbolos lejanamente conectados con él.
            

Llama la atención que algunos ilustradores destaquen la ingenuidad y corta edad de Lolita, representándola como niña pre-adolescente. A mi juicio, es una línea equivocada para orientar al lector. Paradójicamente, con la ingenuidad esperable en una adolescente, sin el control que realiza Lolita de su oponente, a través de su laxitud para evitar la pasión del adulto - laxitud entendida como estrategia inconsciente de resolución completa de su feminidad, y nunca como acción culposa de la mujer con cuerpo de niña – el foco central de la novela hubiera tornado el rumbo de un drama propio de las noticias de sucesos. Un caso de pederastia con la víctima inocente de la depravación del hombre; hubiera sido un libro donde se rompen las reglas de comportamiento establecidos por el hombre, que tiene también sus límites en relación con la mujer.

El tema central del libro no es el sexo, ni siquiera trata sobre los ritos de seducción más o menos explícitos y detallados para conseguir la satisfacción del deseo. El libro es un relato de dos formas de poder y control de cada uno de ellos, desde una posición cultural, biológica y económica bien distintas. Un libro sobre la posición dominante del hombre en la sociedad del momento, aunque también de la forma en que desarrolla la niña-mujer sus estrategias de control.

Desde el punto de vista de muchas ilustraciones destacan la sexualidad como núcleo central de la narración, obviando que es un elemento básico y necesario, pero circunstancial de la narración. El prólogo del autor, que utiliza un supuesto legado a un doctor en filosofía, desvela la preocupación del autor por centrar en el punto justo la lectura de algunas escenas, afrodisíacas para los mojigatos, funcionales para el narrador, carente de términos obscenos y despojados de la intencionalidad provocadora de la literatura al caso. Es más, el alter ego de Nabokob, John Ray Jr, declara en el prólogo un propósito moralista en la novela, que no es compartido por el propio autor en su epílogo, un guiño al doble juego que se trae con la historia de Lolita.

Lolita de Nabokov todavía está a la espera de una ilustración que acierte con plenitud en capturar el complejo mundo de sensaciones, pulsiones y tensiones emocionales que el magnífico trabajo del escritor ruso engendró en una lengua ajena, en un inglés mediocre según él. Un trabajo que pretendía ser el ejercicio literario de un ilusionista. Un libro a la espera de una portada original y auténtica.

El jilguero de Donna Tartt, o el arte de crear una historia

 

Jack Beatty en su reseña sobre la larguísima novela "Bahía de Chesapeake" de James A. Michener, con más de 800 páginas, comentaba: "Mi mejor consejo es que no la lean; mi segundo mejor consejo es que la no dejen caer sobre sus pies". Obviamente, con una novela larga como El jilguero de Donna Tartt, más de 1000 páginas en su versión original, se acumulan sospechas sobre la oportunidad de comprarla o si merecerá la pena dedicar una parte del apreciado tiempo en leerla. Desde luego, tiempo dedica Donna Tartt en la preparación de sus novelas. Tartt, nacida el año 1963 en Greenwood, Missisippí, ingresó en 1982 en el prestigioso Bennington College de Vermont, por recomendación del escritor Willie Morris, su profesor en la Universidad de Mississipi donde inició sus estudios universitarios un año antes. Después de unos años salió a la luz su exitosa primera novela, "La Historia Secreta" publicada en 1992. Para la segunda, "Un juego de niños", transcurrieron 10 años; y un poco más, para que la tercera novela, "El jilguero".

Stephen King afirma que "escribir esta densa novela es equivalente a la navegación desde Estados Unidos a Irlanda en un bote de remos, un trabajo tanto solitario como agotador; sobre todo cuando hay tormentas. El escritor debe pensar en algún momento, ¿y si todo esto que hago es para nada? ¿Qué hago si estoy fallando y no lo sé? ¿Qué pasa si hago la travesía y no me reciben con vítores, sino con indiferencia e incluso desprecio?" Afortunadamente, la culminación de su tercera novela hizo a Donna Tartt merecedora del premio Puliter. El jurado premió El jilguero por “la madurez de una novela maravillosamente escrita, con unos personajes exquisitamente perfilados que narra la dolorosa implicación de un chico con un famoso cuadro, que se ha librado de la destrucción. Un libro que estimula la mente y toca el corazón”. Todos los críticos coinciden en valorar El jilguero como una gran obra. El propio Stephen King señala que El jilguero "es una rareza que se presenta tal vez media docena de veces por década, una obra literaria inteligentemente escrita que conecta con el corazón, así como con la mente".

Temporalmente, la narración se inicia con la visita de Theodore Decker y su madre, Audrey Decker, al Museo Metropolitano de Nueva York. Están viendo una exposición temporal de obras maestras del Siglo de Oro, cuando estalla una bomba dentro del museo. El atentado terrorista perpetrado por un grupo de ultraderecha provoca destrucción total y muerte. La madre de Theo fallece pero el chico, un adolescente de 13 años, sobrevive. En medio del caos, Theo asiste inesperadamente a la muerte de un anciano, tío de la hermosa Pippa cuya figura llamó la atención de Theo momentos antes de la explosión. El anciano le pide que salve de la destrucción El jilguero, lienzo de delicadísima factura pintado por Carel Fabritius, y le entrega un anillo a la vez que pronuncia sus últimas y misteriosas palabras: "Hobart y Blackwell. Toca el timbre verde". Aprovechando la confusión, Theo se lleva El jilguero, un cuadro de pequeñas proporciones. Su madre disfrutaba mucho contemplando esa joya de la pintura, y el hijo no duda en llevarse ese recuerdo en el interior de su mochila. La vida de Theo gira entonces radicalmente: ha quedado prácticamente huérfano, su padre les había abandonado sin dejar rastro, y se ha convertido en el ladrón de una obra, que todo el mundo da por perdida en la explosión. A partir de ese momento, Theo inicia una vida errática que le llevará a conocer los rincones más oscuros tanto de la sociedad norteamericana como del alma humana.

Todo cambio importante en la historia está dictado por el azar, pero "la vida de Theodore tiene una trayectoria poética, siempre hay un hecho que le pone a salvo de alguna manera", dice el crítico Kakutami. Pronto, Theo vive en Park Avenue con los Barbour, la familia rica de su amigo Andy, mientras inicia una especie de aprendizaje con James Hobart, ex socio del moribundo anciano del museo que resulta ser un experto en restauración y antigüedades y que tiene su negocio en Green Village, donde se encuentra con Pippa, discapacitada a raíz del atentado. Aunque Theo tiene inicialmente la intención de devolver la pintura al museo, le resulta difícil conseguirlo sin pasar desapercibido; pero, además, se da cuenta de que ha desarrollado un profundo vínculo emocional con la obra de arte, a la que aprecia ahora como un talismán.

La obra sigue fielmente la definición del género según la autora: "Una novela retrata la vida desde dentro. La ficción es una forma única de explorar el interior de la psicología humana. La evolución de los personajes a lo largo del tiempo nos permite ampliar nuestro conocimiento de la naturaleza humana". El jilguero es a la vez un thriller y, muy especialmente, un Bildungsroman a la antigua en cuya trama están involucrados un huérfano, y con él su educación moral y sentimental, y su misterioso benefactor. Al estilo dickensiano, la evolución del personaje incluye coincidencias sorprendentes y virajes aleatorios y bruscos de la fortuna. Los cambios repentinos en la vida de Theo significan algo intrínseco en el propio sueño americano: la promesa de un nuevo inicio y una segunda oportunidad, la posibilidad de re-inventarte constantemente; de la misma manera que las fluctuaciones del destino y el devenir de la historia permiten en el lector contemplar un paisaje en constante cambio y sentir las dislocaciones emocionales de la narración.

Pero el verdadero protagonista de la novela es El Jilguero de Carel Fabritius (1622-1654). Este artista fue uno de los principales discípulos de Rembrandt y maestro de Vermeer, que también murió a causa de la explosión de un arsenal en la ciudad holandesa de Delft, que segó las vidas de cientos de personas.

En su ensayo sobre este pájaro en la pintura, afirma Renzo Ensuperanzi: "Son raros los casos en los que el ave objeto de estudio constituye el sujeto exclusivo de una obra. Una apreciable testimonio se encuentra en el cuadro de Carel Fabritius cuyo título es precisamente El jilguero; esta obra se considera una de las representaciones más significativas de la pintura holandesa del siglo XVII, además de un apreciado ejemplo del género pictórico llamado trampantojo ("engaña al ojo") en el que las obras pretenden burlar al observador. El resultado se consigue haciendo confluir armoniosamente más elementos, como juegos de luces, perspectivas estudiadas y efectos ópticos, o bien mediante sujetos captados en su inmovilidad y reproducidos con una fidelidad magistral. Esta obra es un óleo pintado sobre una tabla de dimensiones reducidas (33,5 x 22,8 cm), la cual, muy probablemente debía ser colocada en un mueble, como signo distintivo de la familia Putter, amigo del pintor. Lo cierto es que en holandés, putter significa jilguero. El cuadro se caracteriza por una luminosidad general que también se ve potenciada por el contraste cromático que deriva de un haz circunscrito de sombras y tonos oscuros del caballete. En este singular escenario campea la imagen del ave, capturada eu una postura contraída e inmóvil, condición plasmada de forma todavía más veraz por una elegante cadenita metálica que parece agotar cualquier intento de fuga o rebelión.

El jilguero es una pequeña obra maestra de la técnica de trompe-l’oeil, de trampantojo, que deja a la luz ante el espectador, una vez pasado el primer efecto de realismo, la maestría de composición de la obra. El genio de Donna Tartt descansa en el reconocimiento de sus diversas capas de observación, que nosotros hacemos en nuestras vidas, lo mismo que los protagonistas de su obra hacen en sus propias vidas. El proceso de creación de El jilguero es una metáfora de este acto significativamente humano, el acto de crear una historia..

El cuadro de Fabritius ocupa un lugar destacado y no sólo como recurso técnico: su luz, las pinceladas que se combinan para formar su imposible belleza imposible, la vida del ave en sí, para siempre encadenada a su percha. Pero, lo que Tartt nunca menciona es la pequeña bisagra, visible en la pieza de madera, a la que se adjunta la percha. Se trata claramente de una caja de madera que podemos abrir, pero que Fabritius pintó cerrada, ocultando su contenido para siempre. Esta novela es todo lo que la cajita de madera contiene: belleza, libertad y esclavitud simultáneas; por encima de todo, contiene amor. Como escribe Theo: "Y yo añado mi propio amor a la historia de las personas que han amado las cosas bellas". Lo mismo ocurre con nosotros, con cada uno, en cada vida, cada día (W. Brown).

Referencias:

Stephen King (2013) Flights of dancing http://www.nytimes.com/2013/10/13/books/review/donna-tartts-goldfinch.html

Michiko Kakutami (2013) A Painting as Talisman, as Enduring as Loved Ones Are Not http://www.nytimes.com/2013/10/08/books/the-goldfinch-a-dickensian-novel-by-donna-tartt.html

Woody Brown (2014) To have loved a beautiful thing http://artvoice.com/issues/v13n8/lit_city/book_review

Renzo Ensuperanzi (2009) El jilguero Editorial Hispano Europea

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