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Editorial DALYA    

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El magnicida, de Ángel Arribas

CAPÍTULO I

El verdadero misterio del mundo es lo visible, no lo invisible.

Oscar Wilde

 

Subió por la calle del Prado, desde el aparcamiento de Las Cortes, dejando a su derecha la fachada neoclásica de El Congreso de los Diputados. Hipómenes y Atalanta, el león y la leona que defienden el acceso a la sede de la soberanía del pueblo español, le siguieron con sus miradas opuestas, ya que fueron condenados a no poder verse por toda la eternidad.

Marcos Unanua sonrió al recordar que un canal de televisión inició en 2012 una campaña para dotar a Atalanta de los atributos sexuales que, según ellos, el autor había olvidado representar. El Ministerio de Cultura rechazó la propuesta, cuyos gastos pretendía asumir el propio canal, porque “no resultaba aconsejable añadir elementos externos a una figura con más de siglo y medio de existencia”.

Pero lo cierto era que el escultor, Ponciano Ponzano y Gascón, no había cometido fallo alguno. Los dos felinos representan a dos jóvenes de la mitología griega, un hombre y una mujer, que fueron convertidos en leones por profanar el templo de Cibeles. Precisamente, al tratarse de una joven convertida en león, carece de atributos masculinos.

Hipómenes y Atalanta tiran desde entonces del carro de Cibeles mirando siempre en direcciones opuestas, una mortificación añadida para condenar su osadía.

El pueblo de Madrid, más práctico para sus cosas, les dio el nombre de los dos heroicos capitanes del cuartel de artillería de Monteleón, que se unieron al alzamiento del 2 de mayo de 1808: Daoiz y Velarde.

Envuelto en sus pensamientos llegó hasta el portal 21 de la calle. Una fachada estrecha, con una sencilla inscripción con la palabra ATENEO, se correspondía con ese número.

A un metro por encima del nombre de pila del edificio había tres placas con imágenes realizadas por Arturo Mélida, en representación de los tres apellidos del emblemático lugar: Velázquez, por lo Artístico; Alfonso X, por lo Científico y Cervantes, por lo Literario.

Nada más franquear el acceso se sintió invadido por sentimientos contradictorios, que sin duda eran fruto de la magia que se respiraba en el interior.

Hizo un esfuerzo para recordar que su visita, a altas horas de la noche, era totalmente profesional. Un hombre había sido encontrado muerto en misteriosas circunstancias. Él estaba allí para recabar, de primera mano, las impresiones que los forenses y los distintos equipos de investigación desplazados a la escena le pudieran facilitar.

Ascendió la impresionante escalinata de mármol, flanqueada por las representaciones escultóricas de Adán y La Victoria, obras de Eduardo Barrón y Agustín Querol respectivamente, con una mezcla de reverencia y respeto. Frente a él se abría el vestíbulo que da acceso a la Sala de la Cacharrería, espacio de tertulias obligadas durante los siglos XIX y XX, aunque en la actualidad se dedicaba a presentaciones multidisciplinares para socios y amigos del Ateneo.

La persona que se identificó como responsable de seguridad de la institución salió a su encuentro y le invitó a sentarse en una mesa bicentenaria, situada frente al famoso cuadro de Las Alegorías de las Bellas Artes, pintura original de Vicente Palmaroli, que también fue director del Museo del Prado.

El cadáver de un hombre, de unos sesenta años, aún permanecía sentado en el mismo sillón que ocupaba cuando el personal de limpieza intentó levantarle, media hora después de que terminarse el coloquio que siguió a la tertulia de esa tarde. El susto que se llevaron al comprobar que estaba muerto fue indescriptible.

Media hora más tarde, todo el protocolo de actuación en casos de fallecimiento por causas judiciales se había puesto en marcha. Afortunadamente, las actividades de la docta institución habían terminado sobre las 22:00 horas y nadie se había percatado de que, a escasos metros del histórico despacho de Don Manuel Azaña, de la época en la que fue presidente del Ateneo, una persona había fallecido por causas aún no determinadas.

Hacía tiempo que el forense, sus ayudantes, la policía judicial y la científica, aguardaban la llegada del jefe de la Brigada de Homicidios y del Juez Instructor para proceder al levantamiento del cadáver.

Marcos Unanua había observado una gran profusión de símbolos esotéricos y taumatúrgicos entre los viejos cuadros que adornaban las añejas paredes. Su mirada analítica había descubierto animales con significados mágicos, emblemas de la masonería y jarrones con apariencias satánicas.

El edificio, recientemente renovado con motivo de su segundo centenario, no escondía su glorioso pasado, quizá un tanto antiguo, poseedor de un regusto grandilocuente y tenebroso al mismo tiempo.

Jaime Gago, el forense que se había hecho cargo del caso, se acercó a ellos y tomó asiento frente al capitán.

El juez apareció en ese momento por la puerta sobre cuyo dintel estaba situado el cuadro de Las Alegorías. Se detuvo un instante tratando de orientarse, pero enseguida se percató de la señal que le hacían el forense y el jefe de la Brigada de Homicidios.

Los tres, acompañados por el responsable de seguridad, se dirigieron al lugar donde el fallecido estaba siendo examinado desde todos los ángulos posibles, para encontrar un indicio que permitiera apuntar a la persona responsable de su muerte.

La inconfundible voz de barítono de Marcos Unanua bajó un tono adicional. Los que le conocían se dieron cuenta de que su desconcierto inicial no iba a minar su determinación por esclarecer el caso.

 

 

 

 

CAPÍTULO II

Nos fascina todo lo desconocido.

Tácito

 

En un mundo en el que las medidas de precaución son casi omnipresentes, a Marcos Unanua le resultaba extraño que se cometieran tantas imprudencias. No era lo habitual, en efecto, pero las consecuencias de bajar la guardia solían ser desastrosas. Quizá la fascinación por el misterio o la atracción que ejerce lo desconocido sobre los espíritus más cautelosos, era la explicación de estas conductas.

A las nueve de la mañana ya tenía sobre su mesa los informes solicitados la noche anterior. Su asistente, el siempre eficiente y eficaz Merchán, le había confeccionado un resumen de todo ello, junto con las reseñas de la prensa. Fue lo primero que leyó.

Cuando terminó la lectura de cada dossier, convocó a a su despacho a sus principales colaboradores, Pomares, Vilas y Merchán.

El jefe de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos se volvía especialmente hosco cuando los casos se encasquillaban.

Empezar sin pistas era algo habitual en su trabajo, pero siempre confiaba en ir descubriendo indicios, que unas veces no llevaban a ninguna parte, aunque en ocasiones permitían descubrir a los culpables.

Unanua confiaba ciegamente en sus capacidades y, por descontado, en las de su equipo.

La prensa local, algunos medios nacionales y agencias internacionales aguardaban la comparecencia de Merchán.

El asistente se limitó a declarar lo acordado minutos antes, pero no pudo evitar el asedio al que le sometieron sobre lo que ya habían bautizado como el caso “Ateneo”.

Por otra parte, que la institución en la que se habían producido los hechos declinase hacer declaraciones disparaba todas las conjeturas imaginables.

Afortunadamente, el auto del Juez Instructor, por el que se decretaba el secreto del sumario, surtió el efecto balsámico acostumbrado y los medios de comunicación no tuvieron más remedio que acatar la decisión adoptada.

Casi todos los corresponsales habían abandonado la sala de prensa. Merchán estaba reordenando sus informes, cuando un hombre, de facciones aniñadas y aspecto físico frágil, se le acercó sigilosamente.

Merchán repasó la lista de los convocados para tratar de localizar a su interlocutor. Su aspecto débil y avejentado contrastaba con la extraña juventud de su rostro. Sus movimientos, lentos y pausados, denotaban el paso de unos años que no se correspondía con su sonriente expresión. Al no encontrar su nombre ni el del medio que mencionaba en su acreditación, alzó la vista para preguntarle directamente… pero ya no estaba.

Hernán Birtz, de la Sociedad de Estudios Históricos, no figuraba entre las distintas personas acreditadas. Por otra parte, la descripción ofrecida por Merchán no tuvo éxito. Nadie reconoció haber visto a una persona con esas características.

Un desconcertado Merchán visualizó las cintas que se habían utilizado para grabar la reciente rueda de prensa, con semblante adusto. El joven con apariencia de viejo no había entrado por la puerta, según las cámaras. Se vio a sí mismo respondiendo a las pocas preguntas, su alusión al secreto del sumario y el inevitable desfile de los asistentes cuando se dio por concluida la sesión informativa. La imagen le mostraba dándose la vuelta para recoger sus papeles cuando fue interpelado por el desconocido.

Hernán Birtz, de una supuesta Sociedad de Estudios Históricos, era el nombre que figuraba en su acreditación. El único problema es que ni su nombre ni el de su medio de comunicación figuraban en la lista de personas autorizadas.

Las imágenes le mostraban, en efecto, comprobando la lista de acreditaciones al mismo tiempo que Hernán, si es que era su verdadero nombre, se dirigía hacia la salida de espaldas a la cámara. Curiosamente, sus andares vacilantes habían desaparecido.

Merchán no era nada impresionable. A lo largo de sus muchos años de servicio, casi siempre con Marcos Unanua, había visto de todo: supuesta magia negra, vudú, ritos satánicos y un largo etcétera. Por ese motivo redactó un sucinto informe, al que adjuntó algunas imágenes de las cámaras, y se dirigió al despacho del jefe de la Brigada de Homicidios y Desaparecidos.

Baldomero Merchán, Baldo para su círculo íntimo, era concienzudo y metódico. Sus acertadas reflexiones, muy apreciadas por sus compañeros y, especialmente por su jefe, hacían que todos le otorgaran plena confianza. Unanua le señaló la perenne cafetera de su despacho, invitándole a servirse.

A Unanua se le erizaron los poros de la nuca al oír a su asistente. Merchán no solía presumir, por lo que dedujo que su afirmación podría ser cierta. Si la intuición de su inseparable compañero era real, lo más probable es que Hernán Birtz, quienquiera que fuese, había estado presente en la rueda de prensa para comprobar las hipótesis de la policía.

Acordaron realizar ampliaciones del rostro del supuesto Hernán Birtz, que fueron procesadas y editadas hasta obtener una apariencia aceptable. La imagen del miembro de la desconocida Sociedad de Estudios Históricos se distribuyó discretamente, sin dar más pistas que las de la supuesta búsqueda de un hipotético desaparecido.

Los dos oficiales abandonaron las dependencias policiales y se encaminaron a un pequeño restaurante, situado en la misma calle a escasos doscientos metros.

Varios agentes de los prestigiosos grupos V y VI, cuyo palmarés envidiaban las policías de toda Europa, les saludaron al entrar. No había ninguna mesa libre, por lo que tuvieron que aguardar pacientemente a que se fuera despejando el local y se acomodaran las personas que estaban antes que ellos esperando su turno.

Finalmente, les asignaron una mesa en un rincón discreto. Examinaron la carta y pidieron los platos de sus preferencias.

El telediario abría las noticias de sucesos con todo tipo de rumorología respecto al misterio de la aparición del cadáver de un contertulio del Ateneo de Madrid. Lo que se había tomado como un ataque cardíaco se había vuelto trágicamente cierto. Alguien había atacado al corazón de la víctima causando su muerte. El infarto, una causa natural, quedó descartado. La policía no tiene nada que añadir y se esconde, una vez más, tras la cortina del secreto del sumario.

Este tipo de comentarios eran tan habituales que ya no les daban ninguna importancia. Continuaron hablando de cosas intrascendentes, porque nunca se sabe quiénes pueden ser tus vecinos de mesa. A los postres, Unanua se atrevió a saltarse su propia norma.

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