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Pasolini, el poeta del amanecer

PRÓLOGO: UN POETA PARA LA HISTORIA

Esta intensa y emocionante novela escrita por Pedro García Cueto, titulada Pasolini, el poeta del amanecer, enfoca la precoz y duradera vocación poética del poeta italiano.

Pedro García Cueto ofrece al lector pinceladas imprescindibles sobre la vida de Pasolini que sirven de marco histórico y le ofrecen indicios para sumergirse en ese maravilloso mar que es el mundo interior y biográfico del gran artista, describiendo a Pasolini, con su mirada poética, política, sociológica y psicológica, y cómo supo distanciarse de su contexto personal, identificando matices y complejidades, donde otros simplifican ingenuamente. En la novela García Cueto hace sobresalir la dulce y delicada relación que el poeta tiene con su madre: (Veo a mi madre mirarse al espejo, pintarse, morena y hermosa, se acaricia/lentamente el pelo, preparada para salir a la calle. Me mira y sabe que/ espera mi aprobación, que le diga que está guapa. // Quería a mi madre, me daba la ternura eterna, la que no tuve de mi padre, lejano y siempre lejos de casa. Quería a mi madre, me daba la ternura eterna, la que no tuve de mi padre, lejano y siempre lejos de casa).

De hecho, como clave de la vida del escritor fue la relación con sus padres: el gran apego a su madre, la gran frialdad con su padre oficial, que tiene ideas diametralmente opuestas a las suyas.

Pedro García Cueto con gran precisión autobiográfica informa al lector del primer acercamiento de Pasolini a la poesía, por ejemplo, cuenta cómo empezó a escribir poesía a los siete años, gracias a un soneto que le escribió su madre, el poeta sólo a partir de ese momento pudo percibir que la poesía era algo fáctico, artesanal: Y descubrí que mi madre escribía, me entregó un soneto, que me emocionó, fue el germen de los versos que yo escribiría días después.

En esta novela la gran y polifacética capacidad de Pasolini como artista se resuelve enteramente en este “convulso”, en una inquietud subyacente, En cada una hay una característica específica, porque Pasolini siempre comunicaba con claridad, y con igual certeza lograba mirar dentro de sí mismo. Novela introspectiva, en la que Pedro García Cueto, trata con excelente naturalidad los temas biográficos como el de la homosexualidad. El mismo Pasolini decía que hablar de uno mismo, significa acceder a un magma, poco perceptible, en el que sólo se pueden hundir las manos casi casualmente, de forma arbitraria. (La vida era entonces un descubrimiento apasionado, todo era una especie de túnel donde uno se sumerge para ver fogonazos de luz, vislumbres que me cegaban. En un cuadro, en un poema, en un tema musical. Era entonces la vida no una copia, sino un espectáculo verdadero, que literalmente me emocionaba. Y me entusiasmaba rezar a la Virgen, al mismo tiempo que descubrí que el sexo solitario era también un placer. Darse cuenta de la provocación que sentía por esos jóvenes que admiraba, me llevaba a la masturbación, un nuevo descubrimiento).

 

Pasión por la vida en Pasolini

Nacido en Bolonia el 5 de marzo de 1922, Pasolini asistió al liceo clásico Galvani y gracias al profesor Antonio Rinaldi descubrió a Rimbaud y el antifascismo. (Y conocí en el liceo Galvani a Luciano Serra, un gran amigo de juventud. Ahora en Bolonia, nuevo destino de mi padre.)

Pedro García Cueto introduce el lector en la heterogeneidad del mundo polifacético de Pasolini como si el arte fuera una mezcla maravillosa de diferentes formas de expresarse: ávidos de cultura, enamorados de la poesía, la pintura, la música, pero yo sentía ya que el cine era un medio moderno, que conjugaba todo, que desvelaba todo y lo revelaba al mismo tiempo, era una combinación maravillosa de todo lo que amábamos.

Para Pasolini los años cuarenta son los de Casarsa, la ciudad materna, con el descubrimiento del friulano, lengua en la que escribe versos, y la adhesión a la religión campesina. En 1942 publicó la colección de poemas Friulan Poesie a Casarsa (Escribí mi primer libro de poemas que dediqué a mi padre, en plena guerra, lo titulé Poesía en Casarsa, y se editó en el verano de 1942.// ¿Por qué a mi padre? Quizá porque quería que me aceptara, que supiera que su hijo, no tan valiente como él, no amante de la batalla, sino del arte, lo admiraba. Por ello la poesía era un nexo de unión, un lugar de encuentro, entre él y yo). Se trata de versos tradicionalistas, escritos con un canon estilístico petrarquista. Luego, también por casualidad, empieza a escribir en dialecto, después de una especie de iluminación por haber oído la palabra rosada en la calle, desde la habitación en la que estaba escribiendo (que en dialecto friulano significa rocío). Probablemente, por la musicalidad de esa palabra vislumbró la posibilidad concreta de utilizar un lenguaje literario para expresar la realidad. (Me gustaba contemplar la naturaleza, esa que pervivía, cuando no estuviéramos, esa que nos enamoraba de aquella extraña manera, los árboles, el cielo, todo era para mí un motivo para escribir. Me confesaba poeta, porque necesitaba expresar todo eso que llevaba dentro, lo que ardía en mi interior). Quien conoce a Pasolini sabe que el tema fundamental de toda su obra (poética, pictórica, novedosa, cinematográfica, teatral) es la compasión y la comprensión por los humildes, por los marginados de la sociedad.

Durante la Resistencia, Pasolini perdió a su hermano luchando con los partisanos y esto quedó como una herida abierta durante mucho tiempo. Su hermano Guido (Recordaba a mi hermano Guido, a su felicidad truncada, ese príncipe del arrabal, que mi padre amaba, porque era el espejo de lo masculino, no un hijo pervertido como yo), fue asesinado en 1945 partidario de la brigada Osoppo (Y la muerte de mi hermano Guido, tan joven, lo que envolvió la casa en sombras, en silencios profundos entre mi padre y mi madre). Ese mismo año Pasolini se licenció en letras en Bolonia. Se graduó con una tesis sobre Pascoli, (Mi triunfo académico, con esa tesis cum laude sobre la obra de Giovanni Pascoli.) trabajó como docente y publicó sus primeros poemas.

Pedro García Cueto captura la gran pasión por la vida de Pier Paolo Pasolini y la resume en estas líneas poéticas: La vida era entonces un descubrimiento apasionado, todo era una especie de túnel donde uno se sumerge para ver fogonazos de luz, vislumbres que me cegaban, enfrentaban para saber quién era más inteligente y lograba meter el gol. La ciudad de Roma es para Pasolini un descubrimiento de los años cincuenta: él está encantado con los suburbios y declara provocativamente que ama a aquellos que no han pasado del cuarto grado y no se han dejado llevar por la cultura pequeño-burguesa.

Pedro García Cueto con su intento de transmitir su forma de ver la vida, su sentimentalidad, roza un tema muy íntimo en la vida de Pasolini, su homosexualidad, una orientación sexual poco aceptada en aquellas fechas. En los años 1960 se produjo la transición del poeta al cine y al teatro: el lenguaje cinematográfico se le apareció a Pasolini como el medio para escapar de las fronteras nacionales y de los límites de una lengua, la italiana, demasiado anclada a los modelos literarios. Hacia el final de su vida, Pasolini intensifica la polémica contra el desarrollo (no el progreso) en favor del consumismo y la nivelación.

Como consecuencia natural, era un intelectual inconveniente: marxista pero expulsado del Partido Comunista por “indignidad moral y política”; rebelde, pero crítico con el movimiento de protesta de 1968 (crítica que causó especial revuelo con el poema "¡El PCI para los jóvenes!"); homosexual cuando serlo era un delito moral; siempre y en todo caso contra el poder, la opresión, la masificación: Fue Pina una ventana abierta en mi mundo homosexual, cuando paseaba conmigo por el campo y me mesaba el pelo y me ponía una flor en la cabeza. Temblaban entonces los labios para acariciar los míos y yo sentía que cerraba los ojos para imaginarme a un joven siciliano del que estaba enamorado. Veía los pechos de Pina, su belleza, pero mi mente se alejaba, como el tren que parte lejano hacia la inmensidad. Pina, te quiero, de una forma que no es humana, que no acaricia el cuerpo, sino que entra de lleno en tu ser, en tu interior, en tu espiritualidad. Pina lo supo, descubrió que mi cuerpo no era para ella, aunque me deseara.

 

[...]

 

Leer esta novela de Pedro García Cueto ha sido para mí una ocasión, a través de su sensibilidad para acercarme a los hombres, al arte, a la vida.

 

Stefania di Leo, poeta y traductora.

 

MIS PRIMEROS RECUERDOS

Recuerdo que me contaban la Marcha a Roma por parte de Mussolini, sus camisas negras ocupando toda la plaza de Venecia. Fue en octubre de 1921, yo nací el 5 de marzo de 1922. Algo estaba ocurriendo en Italia, surgió el fascismo, con toda su fuerza. Me contaban las miradas de los hombres vestidos de negro, con su marcha militar, su arrogancia. No me hubiera gustado estar allí, pero con pocos años ya vi lo que significaba el fascismo.

Mi padre era militar, ostentaba el título de quinto conde de la Onda. Nació en Bolonia en 1892, un hombre que había vivido entre palacios. Al decidir ser militar, se marchó a Libia para luchar en el Cuerpo de Infantería. Las fotos que vi de él antes de nacer le daban un aire apuesto, de galán, con ojos oscuros, tendría veinte años. Siempre sentí que era un padre algo fanático, que necesitaba un movimiento como el fascismo para reafirmar su autoridad. Su nombre Carlo Alberto Pasolini. Yo me llamo Pier Paolo y hoy recuerdo aquel tiempo en que no estaba vivo, pero que parece asomarse a mi interior, como si lo recrease con la memoria. A veces uno siente que lo que no ha vivido está más presente que lo que ha experimentado, una sensación de pertenencia a un tiempo que nos hemos perdido, pero que podemos imaginar como deseemos. Quizá la vida real no nos da esa oportunidad.

Mi madre, Susanna, maestra de escuela, rocío en la mañana, cautivada por la ensoñación del campo y de los amaneceres, de la luz que iba desvelando la ventana de la escuela. Por los rayos de aquel paisaje se filtraba una primavera que aquella mujer dulce miraba con amor. Puede que mi padre forzara a mi madre, que ella quedara seducida por aquel conde y militar. No lo sé, pero tengo la sensación de que algo pasó, algo que se me escapa. Mi madre escribe a mi padre cartas llenas de pasión y de deseo, porque mi padre entendía el deseo como violencia, lo que siempre quedó marcado en mí. Sentí entonces que me hallaba ante un hombre que había abusado de mi madre y que ella posteriormente le rechazaba. Se casó embarazada de mí, y yo tengo la imagen de una cortina blanca, como si en ella recogiera el dolor de ser un niño no querido, nacido por la impetuosidad del hombre que violenta a la mujer.

Y un padre que no estaba, que se me hacía vivo en la imaginación, un hombre viril que buscaba en otra parte la cama y el deseo. Veo a mi madre mirarse al espejo, pintarse, morena y hermosa, se acaricia lentamente el pelo, preparada para salir a la calle. Me mira y sabe que espera mi aprobación, que le diga que está guapa. Y yo la besaba, le decía que quería pasear con ella, pero mi madre buscaba la aprobación de su belleza en otros hombres que encontraba en su camino. Despechada de un marido que había sido violento, cualquier hombre parecía más cándido que él y le gustaban los piropos, las frases de amor. Mi madre se quedó embarazada de nuevo y a mí me picaban los ojos, como una respuesta celosa a ese intruso que podría eclipsar mi amor materno. Mi padre me echaba el colirio, y yo lo miraba, sin reconocer al hombre que usaba la fuerza bruta cuando estaba con mi madre.

Y los vi haciendo el amor en la cocina, extraña sensación para un niño, donde el sexo ya se imponía como una realidad, donde el cuerpo y la mente se distanciaban para siempre. Yo buscaba entender el mundo a través de los cuerpos, me fijaba en las piernas de mi madre, en los brazos robustos de mi padre; todo símbolo corporal era para mí la razón de la existencia. Cuando dirigí Edipo rey, mucho tiempo después, quise plasmar el deseo de mis padres, cuando un niño los ve copulando. Cuerpo frente a cuerpo, deseo frente a deseo. Mi vida, una luz extraña que buscaba ya un encuentro, un cuerpo al que acariciar, eran tantos los instantes que había contemplado o imaginado que quería ser el protagonista de la historia y mi afán de observar me obsesionaba. Quizá llevaba un director de cine dentro, que escrutaba a los demás para contemplar su verdad, su intimidad y su sentido de la vida.

EL NIÑO Y EL CUERPO

Y empecé a ver los jóvenes de Belluno, como conté en mi libro de ensayos Empirismo eretico, eran las piernas de esos muchachos lo que me llamaba la atención. Y lo llamé teta veleta, era como un nombre en clave para mirar las rodillas de los jóvenes y el deseo que me inspiraban. Me sentí atraído por uno, un chico que tenía unas rodillas perfectas, idóneas para jugar al fútbol, pasión que se despertó en mi vida muy pronto.

Subí allí, y no recuerdo qué me dijeron, vivía con su hermano, dije que me había equivocado, yo que era ya un ser distinto, que miraba el cuerpo como un símbolo del interior, que escrutaba en los rostros el deseo escondido, el incipiente mundo de la aventura sexual.

Y mi madre, que me leía, me enseñaba, me acogía con su cuerpo bello. Aún recuerdo su abrigo de pieles, sentirme protegido por él, como el que se hunde en un beso largo y prolongado. Cuando percibo que me abraza me siento hundido en el útero materno, en el tiempo en que no existía, en el que era solo un proyecto no deseado por la violencia por la que se impuso. Quería a mi madre, me daba la ternura eterna, la que no tuve de mi padre, lejano y siempre lejos de casa.

Y descubrí que mi madre escribía; me entregó un soneto que me emocionó. Fue el germen de los versos que yo escribiría días después.

Pero me aficioné a la pintura primero, me gustaba dibujar. En Cremona, en Lombardía, donde habían destinado a mi padre, ya me entretenía con el dibujo. Fue maravilloso aquel tiempo, ver el Corso Campi, los jardines públicos, el teatro Ponchielli. Allí empecé a tomar lecciones de esgrima, me entusiasmé con la poesía de Homero y empecé a tocar el violín. Me obsesioné con pintar el escudo de Aquiles y las escenas de la guerra de Troya. Comprendía que Homero había dado en el tema esencial de la vida, el amor y la guerra. Los cuerpos ardientes que se aman o que se matan, tema que ya me obsesionaba. Y me di cuenta de mi gusto por la música, el teatro, la literatura y el deporte. Me gustaba el fútbol, ese combate entre dos equipos, esa masculinidad latente entre hombres que se enfrentaban para saber quién era más inteligente y lograba meter el gol. La vida era entonces un descubrimiento apasionado, todo era una especie de túnel donde uno se sumerge para ver fogonazos de luz, vislumbres que me cegaban. En un cuadro, en un poema, en un tema musical. Era entonces la vida no una copia, sino un espectáculo verdadero, que literalmente me emocionaba. Y me entusiasmaba rezar a la Virgen, al mismo tiempo que descubrí que el sexo solitario era también un placer. Darse cuenta de la provocación que sentía por esos jóvenes que admiraba, me llevaba a la masturbación, un nuevo descubrimiento.

Y conocí en el liceo Galvani a Luciano Serra, un gran amigo de juventud. Ahora, en Bolonia, nuevo destino de mi padre. Mi vida no se asentaba en un lugar, iba y venía, se entrecruzaban los paisajes, las calles, todo en continuo movimiento. Será en Bolonia donde empecé a jugar al fútbol, primero como centrocampista y luego como extremo. Pero mi vida era un juego de luces donde me alumbraba el cine de John Ford, las novelas de los ingleses decimonónicos, los novelistas rusos, etc. Me daba cuenta de la importancia del aprendizaje, porque veía la vida como una película, donde todos éramos actores. Y mi introducción a la poesía de Baudelaire, de Hölderlin y de tantos otros, estudiando ya en la Universidad de Bolonia.

Mis reuniones con Alfonso Gatto, gran poeta que vive en Bolonia y nuestros encuentros en el café San Pietro y en la Osteria Dalla Corinna.

Pero todo está escrito ya, el arte desde Homero está marcado por su pasión en La Ilíada, la guerra, el amor, la violencia.

Y así, entre volutas de humo, revelábamos la verdad de lo que sentíamos, ávidos de cultura, enamorados de la poesía, la pintura, la música, pero yo sentía ya que el cine era un medio moderno, que conjugaba todo, que desvelaba todo y lo revelaba al mismo tiempo, era una combinación maravillosa de todo lo que amábamos.

EL PRIMER LIBRO DE POEMAS

Escribí mi primer libro de poemas que dediqué a mi padre, en plena guerra. Lo titulé Poesía en Casarsa, y se editó en el verano de 1942. Aliada Italia con Hitler, el país era ya un hervidero de noticias sobre la posible victoria, pero también del avance de los aliados, que podían dar un traste con todo lo conseguido.

¿Por qué a mi padre? Quizá porque quería que me aceptara, que supiera que su hijo, no tan valiente como él, no amante de la batalla, sino del arte, lo admiraba. Por ello la poesía era un nexo de unión, un lugar de encuentro, entre él y yo. Pero mi padre, al recibir los poemas y ver que estaban escritos en friulano, la lengua de mi madre, se siente herido, comprende que mi unión a ella es muy grande y que no es comparable con el sentimiento que me unía a él. Mi padre se da cuenta que era poeta por mi madre, por su influjo. Me gustaba ver el amanecer, pensar en el verso como un sueño que me abría al mundo, que me despertaba de la noche eterna en la que a veces me atenazaba la pesadilla nocturna.

Y el libro, con trescientos ejemplares y cuarenta y seis páginas, no pasó desapercibido. Por ello, el crítico Gianfranco Contini me envió una tarjeta postal donde me decía que reseñaría el libro.

Que un eminente filólogo valorara mi libro era para mí todo un éxito. Nuestra decisión de vivir, me unía a mis amigas, a mi querida Silvana Mauri, que fue ya amiga para toda la vida. Nos refugiábamos en la montaña, porque allí, cerca de la cumbre, el mundo parecía hermoso. Me gustaba contemplar la naturaleza, esa que perviviría, cuando no estuviéramos, esa que nos enamoraba de aquella extraña manera, los árboles, el cielo, todo era para mí un motivo para escribir. Me confesaba poeta, porque necesitaba expresar todo eso que llevaba dentro, lo que ardía en mi interior.

Y empecé a escribir Amado mío, esa novela que no vi publicada en vida, porque me asesinaron brutalmente los fascistas, en la encerrona de la que ya hablaré. Quizá yo flirteaba con el riesgo y con los años anduve con jóvenes peligrosos, ya envuelto en la atmósfera de la prostitución masculina. Pero todo ello ocurriría más tarde, yo contaba en Amado mío mi verano en Casarsa. Cogía la bicicleta por la tarde, en pleno verano y me iba por los pueblos de alrededor, contemplaba a los jóvenes efebos, que eran ya fruto de mi admiración. Me fijaba en las rodillas, obsesionado por las piernas de los hombres, por la musculatura de los brazos, como si fuese Miguel Ángel esculpiendo en la Antigua Roma. Deseaba tanto el abrazo, el roce de unos labios que me ardía el deseo... Vivía en mí el placer contenido, la pasión más libidinosa.

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